JORGE MOLINA SANHUEZA

"Cuando la prensa es libre, ello puede ser bueno o malo; pero, evidentemente, sin libertad, la prensa sólo puede ser mala". Albert Camus.

domingo, junio 26, 2005

Hasta la masturbación tiene sus límites

Cierto día de 1984 un profesor de biología de octavo básico, acudiendo a su rol de educador –y por extensión de padre postizo- de 45 preadolescentes de incipiente pelillo sobre los labios, sacó de su chistera un consejo explicativo que no dejó indiferente a su audiencia.

Cada masturbación masculina llevaba un gasto de energía tres veces mayor a un coito con una mujer.

Fue así como en medio del silencio que sólo podía romper un colibrí, se escuchó una exclamación que selló aquella prédica de oblicuo bombardeo moralizante.

¡No es justo!, dijo que alumno que ocupaba el número 33 de la lista en el libro de clases.

La risotada retumbó en todas las paredes de aquel regimiento educacional, Escuela de hombres Guillermo Matta.

Incluso el maestro reconoció el sentido del humor abigarrado y heteróclito que había inserto es ese aparente chiste.

Pero el pupilo 33 insistió. “Además de no ser justo, ¿en que fundamenta su afirmación, profesor?”, preguntó de forma solemne.

La interrogante se transfiguró como si un guante golpeara ambas mejillas del pedagogo. El duelo estaba convocado.

Pues bien, dijo el profesor y tomando su revólver de tiza caminó diez pasos dando la espalda a su contendor y levantando la mano derecha dio media vuelta y disparó.

“Sucede que cuando un hombre se masturba, debe crear en su mente el objeto del deseo. Esto sumado a la excitación hace que gaste tres veces más neuronas que cuando mantiene una relación sexual. Y es más, esta práctica conduce a un envejecimiento prematuro”, dijo queriendo dar por terminada su explicación.

Sin embargo, el tiro de yeso no dio en el blanco. El 33 gatilló nuevamente. “¿Y este envejecimiento prematuro del que usted habla, profesor, se manifiesta también como calvicie?”

El disparo esta vez, había sido ad hominen, pues las entradas en su cabellera delataron aquel touché estudiantil.

¡Fuera!, exclamó el maestro. Y 33 obedeció en medio de la risa de sus compañeros por el atinado comentario quienes, con un curioso sentido de lealtad, aplaudieron la intervención.

Pero 33, antes de cerrar la puerta y para no retirarse a la sala de torturas que representaba la oficina de inspectoría, terminó de abrochar el ojal discursivo.

“O sea profesor, más de tres neuronas, es paja ¿cierto?" Risas de nuevo.

El mayor problema, en todo caso, se produjo sólo un minuto más tarde cuando 33 debió presentarse en inspectoría.

Miss Wilkinson, como solían motejar a esa funcionaria, aludiendo a la institutriz que aparece en el cuanto Duggu Van el vampiro de Julio Cortázar enterró una mirada a 33 pidiéndole una explicación.

“La verdad o la mentira piadosa, ¿cuál prefiere?”, retrucó 33.

Miss Wilkinson enfurecida eligió la primera. Aunque transcurridos sólo un minutos de relato con pormenorizados antecedentes del episodio que contenía términos prohibidos para su conciencia abadual, decidió suspender por grosero a 33, sin que la información fuera contrastada con la versión del profesor de biología.

Luego siguió el juicio político en casa y el apoderado de 33 debió concurrir al establecimiento para oir la fábula moralista construida sobre parábolas de otra era.

Al día siguiente, en la dirección de la escuela, 33 debió explicar lo mismo que había dicho el día anterior, a la jefa máxima del lugar, una mujer de extraños rizos hechos con roscos, quien escuchaba no sin cierta perfidia e insistió en que debía traerse al profesor para confrontar la versión. La directora, entonces, accedió.

Y así fue como en una oficina gris de antiguos muebles y con una fotografía de Pinochet en el fondo y otra de Pedro Aguirre Cerda y su “gobernar es educar”, estaba 33, su madre, una directora de escuela básica pública y con número, más la inspectora, cuando de pronto llegó el profesor.

33 no perdió la oportunidad de su vida y lanzó el primer puñal. “¿Profesor no es cierto que ayer lo le pregunté si la masturbación, que era según su clase era una forma de acelerar el envejecimiento prematuro, podía manifestarse también a través de la calvicie? Y que luego de eso usted me echó de la sala?”. Volvió a pasar el colibrí que con sus alas inasibles rompió el silencio unos días antes, cuando 33 comprendió allí, y sólo en ese instante, que ninguno de los presentes podía negar que había sentido placer autoerotizándose, pero también que incluso hasta la masturbación... tiene sus límites.

3 Comments:

At 6:36 p. m., Blogger Roberto said...

Demasiado bien contada.
Sólo puede ser personal.
33... Molina, puede ser?

 
At 8:19 a. m., Blogger indianguman said...

jajajajajajajajjajaja

 
At 11:37 a. m., Anonymous Anónimo said...


yo cuanto mas me masturbo mas joven me ciento..y lo vengo hacienda desde muy temprana edad,JODER...

 

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