JORGE MOLINA SANHUEZA

"Cuando la prensa es libre, ello puede ser bueno o malo; pero, evidentemente, sin libertad, la prensa sólo puede ser mala". Albert Camus.

miércoles, agosto 31, 2005

Es hora del amor


He decidido reivindicar mis sentimientos, ordenar mis emociones, amplificar mis poros.
No creo que deba explicar los porqué, ni los cómo ni los cuándo. Sólo comienzo una nueva etapa.
Ahora tengo cuatro piernas y dos cerebros. Una mesa de vidrio arenado, con ochos sillas cromadas para intuir las juergas del futuro, los médicos tratantes y los libros de espías que se entrelazan.
Es hora del amor.
Sabe rico ese período y posibilidad del más allá, hasta donde llegue. No quiero hacer una tratado, ni un binomio ni un trinomio.
Deseo más bien una ponzoña y una piel para seguir andando por caminos desconocidos, porque como los marinos, nunca recalo, porque soy como el amanecer y el atardecer del puertos, un entrar y un salir desde tierra a los mares, buscando profundidades y cazar de manera furtiva dentro de nuestro propio barco.

jueves, agosto 18, 2005

Asesino en serie: perdón inconexo (Capítulo II)


Cuando la víctima surge suelen suceder varias alucinaciones previas que alertan de la próxima sangre. Primero aparecen los nódulos, luego los ganglios e incluso las autopsias posibles. No son los besos, ni las arterias del llanto. Sólo importa el deseo, la carne, los efluvios.

Así voy caminando en tu búsqueda, lleno de hambre, de manos que escapan y de insidias que carmcomen mis labios. Eres como una conspiración, llena de elementos inconexos que sólo maneja el autor.

Siempre hay algo de comida que precede al crimen, algo de alcohol, drogas quizás, música ad hoc y una idea fija en la mente o un animal de referencia. Luego viene el desollar lento y pausado, para que el dolor se inocule en los poros que quedarán al descubierto tras mi acción.

No miro tus fotos de la pared, ni tus ropas colgando en el closet, menos tu ropa interior. Ya eres una víctima, llena de celo, mientras aparecen las formas para esconder el crimen, obstruir las formas jurídicas de la persecución y el afecto.

Nunca he comprendido bien esos episodios anteriores al crimen. Siempre son tácitos, informales, como el paso de un colibrí. Se siente, pero no se puede contar, ni describir si no es matemáticamente, fulgor esencial de la sicosis asesina.

Pero hoy es otro día. Y prefiero no asesinarte. Te perdono no sé por qué razón. Quizás serán otras botellas de vino, otras tragos de ese ron que guardas celosamente en el ropero japonés. Prefiero alargar la agonía, profundizar el martirio y disfrutar con el miedo que me otorga un café, cuyo aroma es lo más parecido a los sudores que exudas antes de morir en ese terreno baldío que es el centro del universo.

Continuará...

Capítulos anteriores

Asesino en serie (capítulo I)

martes, agosto 16, 2005

Asesino en serie (capítulo I)


Cuando pienso en el infierno pienso en tu foto colgada en mi pared. Estás brindando. Tu pelo cae sobre tu hombros como un saco lleno de flores y desinencias. Por eso a veces me entrego a tus deseos, a tus delicadezas. Eres como la mordida de una serpiente venenosa, tan llena de mal que inyectas a través de esos filudos y huecos dientes, como la andanada de pasiones que son tus pasos de tacos rápidos.

Por eso te miro. Porque me nutro de tus ansias de sexo métrico de orgías misóginas y oralidades carnales. No sé por qué hablo así de cada encuentro que tengo contigo Mercedes Biedma. No logro evitar que te metas en mi cama y quites cada una de mis prendas, incluso las íntimas.

Intento quedarme estático, sin movimientos, para que pienses que estoy muerto y, como si fueras un oso feroz te retiraras sólo después de haberme olido.

Pero eres más hábil que ese animalejo, más metálica, calenturienta. Perra. Puta. Así es como me convences. Eres más hábil que la serpiente, más letal que el botulismo, más perversa que Abigail, la ramera de Satanás.

Yo en cambio soy la modificación, el lado blanco de la luna, de un queso que aparece como por arte de magia. Soy un cachorro de vetos indispuestos; un cóndor de alas ardidas, lleno de soledades. Quizá lo más parecido a una lágrima.

Sin embargo despierto y no tolero esas inmoralidades tuyas. Esa libidinosidad tan expuesta, tan inmoral. Por eso te doblego y aplano tus brazos contra el colchón y lamo tus heridas de guerra de la noche anterior. Sé que me odias, pero voy cerrando cada una de tus llagas con mi lengua y enfriando tus avernos, tus profundidades hasta dejarte quieta, llena de amores mentirosos, de esos que ni siquiera tú crees en lo más recóndito de tu alma.

Luego, cuando estás a punto de creer en mis caricias de perro hambriento, prefiero sacar mi puñal y clavarlo en medio de tu pecho y verte sangrar, desgranarte como el choclo de una granja infinita, pulpa de cordero, cazuela de ave, ollas secas por el viento de la mañana que lamen esos quiltros asesinos que pueblan las tierras del sur.

E insisto. Prefiero verte desangrar a tener que burlar las llamas de aquel tronco que alimenta tu fuego. Huyo, luego del crimen a esconderme en mi cueva sin fondo, en mis capas de lodo y, desde allí, verme y sentirme triunfante, como un cazador furtivo, a quien sólo le interesaba tu piel para venderla en el mercado al mejor postor de pasiones sin memoria.

Y allí ya no soy yo. Ni soy comerciante, ni asesino. Soy de nuevo. Soy de nuevo ese hombre con pies de plomo y perfume de zanahoria, naranjo por esencia, rojo de odio y incierto en mis pasiones y quebrantos. Ya estas muerta. Yo vivo. Y puedo continuar mi camino de desesperación a la próxima víctima.

miércoles, agosto 10, 2005

Divagaciones hipomaníacas


Pienso que cuando se fue se llevó sus últimos dolores y todas sus naves y sus libros. Ariana, era una pluma de infiernos linguales, llenos de ponzoñas, lo más parecido a un pulpo, a un calamar de las profundidades.

Nunca supe por qué no le gustaba la sopa de tomates, ni tampoco porque las mujeres veían en ella la encarnación del disgusto ni por qué, al contrario, mis congéneres, pensaban en esa bestia femenina la locura.

Las márgenes de aquel hogar desenfundado del tiempo insinuaron al púlpito un poco de perdón. Tan sólo un poco. No podían hacer más. Aquellas bestias sabían demasiado. Así fueron condenadas por la mafia. Esa organización siciliana y secreta ubicada cerca del hipotálamo.

Me fui caminando, mirando hacia el mar.
Allá en el fondo está la muerte, como dice Cortázar, pensé, pero la luna, el sol y las estrellas, como dice el bolero, se volvieron de pronto en contra mía y decidí subterranearme por un rato.
Hoy he vuelto.
Aquí estoy después de un tramo del camino muy cercano a la muerte.
Pero soy yo.
Tierno como un mapache.
Brutal como la vida misma.
Enredado con una mujer.
Bebiendo las luces de la noche.
Creciendo como una jirafa adolescente.

Siento sus dedos tecleando más allá de la red. Al otro lado del servidor. Espiando mis movimientos, con letras, payasos y títulos. No sé dónde estará en este instante. Imagino que es una url, una web, un blog, o sus cabellos insanos. Llegan desde otro lado del mundo, en un aeropuerto de flores, sin otra maldad que su propia vida.

sábado, agosto 06, 2005

Operación Barswinger: esa mueca macabra (capítulo III)


Los pasos que vienen escalera abajo son regulares. Secos. Es el dueño del barswinger. Es una casa antigua, donde el rechinar de la madera aporta una cuota de misterio al rostro que aparecerá una vez abierta la puerta. Leopold y Justine esperan esa eternidad, aún vestidos.

La mano de Antonio, el dependiente, ejecuta dos operaciones muy sencillas. Saca el picaporte y luego, hacia la derecha, tira el piston de una chapa Yale a mal traer. Esos sonidos hicieron que Leopold, sin pensarlo, le tomara fuertemente la mano a Justine. Esta última, acostumbrada a la frialdad del agente se sorprendió, pero siguió el juego entendiendo que era parte de la puesta en escena.

- Buenas Noches, ¿ustedes son Pedro y Amanda, cierto?-

- Está usted en lo correcto-, retrucó Leopold haciendo sorna de una formalidad innecesaria.

- Adelante, el show lésbico está por comenzar- les explicó.

Los 54 escalones hacia el segundo piso se realizaron en un orden muy similar a una cordada de montaña. Primero Antonio, luego Justine y Leopold al último, quien no ocultaba su placer de observar los glúteos de Justine ejercitándose en cada flexión para alcanzar el siguiente escalón y beberse ese perfume genital que imaginaba a cada segundo.

Ella lo sabía, pero por alguna razón que no podía explicar, jamás había reclamado al respecto. En buenas cuentas le gustaba esa faceta lasciva de Leopold.

Cuando se abrió el espacio del segundo piso a sus ojos, unas notas salidas de un piano hicieron que las miradas se dirigieran a un escenario, cuya luz revelaba la existencia de dos cuerpos desnudos teniendo sexo.

Eran Abraxas y Milena, las show lesbic woman, que provocaban la excitación del público. También de los agentes.

La mesa estaba reservada. El menú también. Pero antes de llegar, una pareja se les acercó y les pidieron compartir el mismo espacio. Leopold titubeó. En sus años de espía estas prácticas le eran un tanto sospechosas. Justine, en cambio aceptó de inmediato.

Intrercambiaron lo obvio, nombres, y comentarios vacíos. Nadie quería mostrarse mucho, mientras Leopold aclaró que era nuevo en el circuito swinger.

Para la otra pareja, en cambio, el swinger era su sistema de vida sexual. A Leopold le gustó Cristina. A Justine Juan Pablo. Ambos son oficinistas de banco sin mayor tema, aseguraron. Siguieron el diálogo, esta vez con mayor centro en el sexo, en lo que pasa cuando hay cambios de pareja. Leopold tragó saliva. Justine se mostró más relajada, más decidida. Al menos en apariencia. Leopold sufrió. Fue un puñal delgado en el universo de la posesión. Pero nada que hacer, ambos estaban allí. La misión había de cumplirla.

El observador, en tanto esperaba en las afueras del bar. Leopold y Justine estarían al interior más menos 3 horas y cinco minutosñ Si no se cumplía ese rigor, un equipo entraría a rescatarlos del enemigo conservador.

El tiempo trascurrió, mientras el alcohol hizo que esas normas que nos limitan fueran relajándose, cayendo una tras otra.

Le siguieron el toque de manos, bailes seductores en una fiesta infernal sólo para cuatro, donde los ojos, el roce de cuerpos, los movimientos pélvicos se adueñaron de ese ambiente en el barrio Brasil. Los besos, entonces, eran sólo cosa de tiempo...

Continuará...

Capítulos anteriores

Operación Barswinger. Capítulo II

Operacion Barswinger (primera parte)

Secret Intelligence Service, Leopold, Justine y todo lo demás...