JORGE MOLINA SANHUEZA

"Cuando la prensa es libre, ello puede ser bueno o malo; pero, evidentemente, sin libertad, la prensa sólo puede ser mala". Albert Camus.

domingo, octubre 30, 2005

LAS MANOS DEL CHE GUEVARA (TOMADO DE WWW.CLARIN.COM.AR)



A las tres y media de la mañana del 12 de octubre de 1967, el teléfono sonó en la casa del subinspector y perito dactiloscópico de la Policía Federal Argentina (PFA), Nicolás Pellicari.

—Pellicari, tiene que estar en el comando de jefatura, inmediatamente —escuchó de su jefe, el inspector Federico Vattuone.

Pellicari saltó de su cama como un soldado que es convocado a una batalla desconocida: no sin angustia, no sin curiosidad.

A las cuatro de la mañana estaba reportándose en el Departamento Central de Policía. Junto a él estaba el subinspector Juan Carlos Delgado, ambos integrantes de la Policía Científica que dependía de la Dirección de Investigaciones. Allí, se les sumó el perito escopométrico inspector Esteban Rolzhauzer. Allí se enteraron de que el jefe de la PFA, general Mario Fonseca, les ordenaba trasladarse a Bolivia para certificar que el guerrillero asesinado por los Rangers —un cuerpo de elite— y la CIA en La Higuera era Ernesto Guevara Lynch de la Serna, alias Che. Las instrucciones eran precisas: debían viajar a Santa Cruz de la Sierra donde los estaría esperando el cónsul argentino en La Paz, Miguel Angel Stoppello. Pellicari tenía entonces 32 años, Delgado, 33 y Rolzhauzer, 37. Debían identificar al Che no sólo por sus huellas dactilares; también por la letra que describía —"con el trazo confuso de un médico" (diría más tarde Rolzhauzer)— su lucha, su utopía y su derrota en la selva boliviana. Los policías tomaron cuatro horas para preparar todos los elementos técnicos para su trabajo, y buscaron la única ficha dactiloscópica que existía de Guevara en la Argentina, en su legajo de identificación personal 3.524.272: eran impresiones tomadas el 29 de octubre de 1947, veinte años antes, con una coincidencia de fechas por lo menos misteriosa en momentos en que también eran argentinos quienes debían certificar su muerte. A las 8 de la mañana del 12 de octubre, en la base aérea de El Palomar Pellicari, Delgado y Rolzhauzer subieron a un avión Guaraní que los llevó a Santa Cruz de la Sierra.

¿Sabían acaso que la noche del 9 de octubre, el dictador boliviano general René Barrientos le había pedido al dictador argentino, general Juan Carlos Onganía, que los enviara para identificar al Che? ¿Sabían acaso que deberían identificar unas manos sin el cuerpo del Che? No. Porque los hechos que rodearon la decisión de hacer desaparecer el cadáver del Che y amputarle las manos entonces fueron ocultados con la obsesión de un secreto militar extremo por los protagonistas de su asesinato en la escuelita de La Higuera, un lugar perdido en la selva boliviana cerca de la Quebrada del Yuro, el 9 de octubre de 1967.

El Che había sido capturado por una patrulla militar de rangers a cargo del general boliviano Joaquín Zenteno Anaya y el coronel Andrés Selich, con la activa colaboración de los agentes cubananos Félix Rodríguez y Julio Gabriel García, ambos de la CIA. Antes de morir, el Che había insultado a su interrogador de la CIA, Rodríguez. Y le había ordenado a su verdugo, el sargento boliviano Mario Terán:

—¡Póngase sereno, y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!

La muerte había sido ordenada por Barrientos, quien había consultado con su par estadounidense, el entonces presidente Lyndon B. Johnson, si dejar vivo a ese enemigo tan temido, a ese médico argentino, revolucionario por convicción, cubano por decisión, que había nacido en Rosario el 14 de junio de 1924. Que sufría de un asma terminal pero de una decisión igualmente terminal de combatir "al imperialismo donde quiera que esté"; que se había enrollado en la batalla del Movimiento 26 de Julio liderada por su amigo, Fidel Castro, para terminar con la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba y levantar las banderas de la Cuba socialista. Que había sido ministro de la revolución, que había combatido en el Congo, que se había transformado en el principal enemigo comunista de la Guerra Fría encarada por los EE.UU. y la URSS. Que nunca había abandonado el deseo de volver a pelear por el socialismo en la Argentina y que, en ese camino, con su asma a cuestas, decidirá internarse en la selva boliviana para trazar focos de retaguardia al ingreso de él con una vanguardia guerrillera en el norte argentino.

De esa convicción y de los movimientos del Che en Bolivia estaba enterado el gobierno de Onganía. Lo sabía su canciller, Nicanor Costa Méndez, lo sabía el embajador argentino en Washington, Alvaro Alsogaray. Lo sabía el jefe de la SIDE, el entonces coronel Marcelo Levingston; el jefe del Batallón 601, coronel Hugo Miatello y el entonces jefe de la Central Nacional de Inteligencia, mayor Alberto Alfredo Valín, quien tenía contactos con el jefe de la estación de la CIA en el Sur, John Tilton. Fue Tilton quien le había solicitado a Valín, el 15 de noviembre de 1966, el mismo día que se supo que el Che había entrado a Bolivia, que le enviara las huellas dactilares de Guevara.

¿Los peritos policiales argentinos vieron acaso el prontuario de Seguridad Federal (guardado en la caja fuerte 336) y regenteado por Valín —según informará años después Clarín en su edición del 24 de octubre de 2004— donde se dejaba constancia de las huellas tomadas por el Ejército a Ernesto Guevara en su empadronamiento militar en Córdoba en 1944 bajo el número 6.460.503, servicio del que luego fue exento por el asma? No. Valín no era ni sería cualquier militar. Espiaba entonces los movimientos de los argentinos, integrados a los comandos de apoyo al Che en Tarija, Bolivia, y en Salta. Su historia está ligada a la lucha anticomunista más fiera. Sería el jefe del temible Batallón 601 entre 1974-1977, en la dictadura de Videla, y el encargado de descabezar a las cúpulas de la guerrilla guevarista argentina del ERP y la peronista Montoneros. Y fue él quien, en 1967, le informó a Miatello, su jefe, y luego a Onganía, la comunicación de la CIA: el Che había sido muerto en Bolivia y había que identificarlo.

Nada de esto sabían ni siquiera sospechaban los policías dactiloscópicos argentinos Pellicari y Delgado cuando aterrizaron, en la tarde del 12 de octubre de 1967, llevados por un avión de la Fuerza Aérea boliviana, en La Higuera. No sabían —según contará años más tarde el general Arnaldo Saucedo, jefe de la inteligencia militar boliviana—, que Barrientos y la CIA (según consta en documentos desclasificados del Departamento de Estado de los EE.UU. a cargo entonces de Walt Rostow) habían decidido hacer desaparecer el cuerpo del Che. Que, según contará el cubano de la CIA Félix Rodríguez (que los peritos policiales argentinos conocerán), Barrientos habría propuesto cortarle la cabeza al Che y enviarla a Cuba para que Fidel Castro aceptara la muerte de su colaborador y amigo más entrañable. Sabía que alguna prueba debía enviar, que con las huellas digitales no sería suficiente para que Fidel anunciara al mundo la muerte del Che. La CIA estuvo de acuerdo en que fueran las manos amputadas y los diarios secuestrados la prueba final.

La prueba se hacía indispensable para certificar la muerte del Che. En esos días, además, el hermano del Che, Roberto Guevara, que había intentado reconocer el cadáver de su hermano, no había podido hacerlo y, por lo tanto, la familia no iba a certificar que el muerto en La Higuera era el Che. El testimonio del entonces jefe de la inteligencia militar boliviana, el general Arnaldo Saucedo, fue distinto: en la mañana del 9 de octubre de 1967, el mayor de carabineros Roberto Quintanilla, cuyo jefe era el ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, le tomó la misma mañana del asesinato del Che en Vallegrande las huellas digitales y realizó dos mascarillas donde quedó estampado el rostro del guerrillero (ver La vida y la muerte en...). Que luego, esa tarde, los médicos Moisés Abrahan Baptista y José Martínez del Hospital Señor de Malta de Vallegrande certificaron la muerte de Guevara por nueve balazos e hicieron un protocolo de autopsia pero nunca se extendió una partida de defunción. Que en la mañana del 11 de octubre, porque el cadáver apestaba, Barrientos ordenó a Arguedas y a Quintanilla cortarle las manos, misión que cumplió el médico Baptista con la precisión de un cirujano. Quintanilla, entonces, guardó las mascarillas, y a las manos del Che las colocó en una lata con formaldeído (formol). El cuerpo fue enterrado por el ranger Andrés Selich junto con otros 3 cuerpos cerca de la pista de Vallegrande y el silencio sobre el destino de esos cadáveres lo cubriría todo por décadas. Pero la orden general sería decir al mundo que el cadáver había sido incinerado.



Tras las huellas finales

Así que, cuando Pellicari, Delgado y Rolzhauzer llegaron a La Higuera, el 12 de octubre de 1967, el cadáver del Che había desaparecido. Ellos contaron a Clarín que entonces los recibió el jefe del estado mayor del ejército boliviano, general Juan José Torres, y les dio la versión oficial:

—El Che fue incinerado.

Torres sería presidente de Bolivia en 1971, con una impronta izquierdista que haría que el periodista Rodolfo Walsh lo llamara "el general proletario". Fue asesinado por un grupo de tareas en 1976, en Buenos Aires, como un favor de Videla al dictador de Bolivia, general Hugo Banzer.

Pellicari y Delgado recuerdan que esa noche vuelven a Santa Cruz de la Sierra y que en la mañana del 13 de octubre vuelan a La Paz. Que inmediatamente "nos presentamos en la Embajada argentina. Allí nos recibió el secretario Jorge Cremona. Estaba el cónsul Stoppello con nosotros, y se nos pone en manos del capitán de navío, agregado naval en la delegación, Carlos Mayer, encargado de los enlaces militares". Recién en la mañana del 14 de octubre, Mayer lleva a los peritos al cuartel general de Miraflores en La Paz, por orden del comandante Ovando Candia y del ministro Arguedas. Entran— recuerda Delgado— a una "gran sala que era la del comando de operaciones. Allí llegó Quintanilla, con un paquete envuelto en diarios. Era una lata de pintura que cuando la abrimos el olor del formol nos volteó. Eran las manos del Che, amputadas quirúrgicamente. Y nos dimos cuenta de visu, porque habíamos visto sus marcas, que eran las manos del Che. Luego, estuvimos trabajando durante ocho horas. Porque debíamos probar lo que sabíamos."

Mientras los peritos dactiloscópicos trabajaban en esa sala, Rolzhauzer analizaba en otra la letra del Che en su diario boliviano. "Tuvimos— recuerda Pellicari— que emparejar las papilas, los pulpejos o yemas de los dedos parecían pasas de uva, y tuvimos que extraer el formol. Además, tropezamos con la dificultad de que el Che, que había vivido y trepado en la montaña y en la selva, tenía las crestas papilares casi destruidas, es decir, la yema de los dedos no tenía ni depresiones ni surcos. Entonces decidimos usar un método indirecto: el Dorrego, que era un ayudante de la policía científica y había inventado en un caso llamado "Fontecovas"— el de una mujer muerta, de la que se descubrió sólo una pierna, porque los estudiantes de Medicina la habían tirado luego de analizar su cuerpo en la Morgue— y consistía en pegar a los dedos una película de polietileno entintada y luego pegarla en las fichas, y luego fotografiarlas. Así lo hicimos, con este método indirecto pero indubitable." (Ver La vida y la muerte...)

Mientras trabajaban, un oficial de inteligencia de la armada argentina, adjunto de Mayor, cuyo nombre no recuerdan, tomó casi a escondidas de los militares bolivianos las fotos que aquí se reproducen. "Los bolivianos no querían que tomáramos fotos.

Pero nosotros sabíamos que se debía probar no sólo que eran las huellas, sino que nosotros estábamos identificándolas". A las 16 horas del sábado 14 de octubre de 1967 los peritos argentinos certifican indudablemente que las huellas de esas manos sin cuerpo y la letra del diario de Bolivia pertenecen a Ernesto Guevara, alias Che. Se deja constancia de todo lo actuado por ellos en un acta que ratificaron Mayer, Stoppello, Pellicari, Delgado y Cremona, por la parte argentina y Quintanilla y el teniente de navío Oscar Pamo Rodríguez, ayudante de Ovando Candia, por la parte boliviana. Hicieron tres copias: una para el gobierno boliviano, otra quedó en la embajada argentina en Bolivia y otra trajeron a Buenos Aires. (Ver Una prueba...)

Luego de firmar el acta, Quintanilla sorprendió a los policías argentinos.

— ¿Ustedes se llevarán las manos?— les dijo casi dando por hecho que sí las reclamarían.

— No, nuestra misión termina aquí— contestó Pellicari.

En la noche del 14, los peritos policiales debieron pernoctar en Tucumán por la tormenta que azotaba Buenos Aires y que derivó en una de las principales inundaciones del siglo. El 15 a las 18 horas, finalmente, se reportaron en al Departamento Central de Policía a su jefe. Pero no volvieron a su casa. El jefe de Policía Fonseca les dio la orden de ir a Casa de Gobierno a ver al Presidente. "Le informamos todo, le mostramos las fotos, el acta, el trabajo realizado, las huellas, todo...Y nos felicitó.", dijo Pellicari.

Onganía los hizo salir por una puerta trasera de la Casa Rosada para esquivar a los periodistas. Lo último que le escucharon decir fue:

— Guarden silencio. Que se ocupe el gobierno boliviano de informar. Yo no lo haré.

Hasta la tarde del miércoles 26 de octubre de 2005, en que llegaron a la redacción de Clarín con la orden de contar la historia, le hicieron caso. Aunque muchas veces sintieron la necesidad de contarla, de decir al mundo que ese hombre muerto en La Higuera "era un valiente, que luchó por sus ideas". De decir: "esta fue la tarea profesional más importante de nuestra vida". Aun lo fue para Pellicari, a quien le tocó identificar el cadáver de Pedro E. Aramburu, el general y ex presidente de la revolución que derrocó a Perón en 1955, asesinado en Timote por los Montoneros en 1970. Pellicari se integró en 1987, como comisario general, a la plana mayor del "mejor jefe de Policía que tuvo la institución, Juan Pirker". Y con Delgado, fueron profesores de Papiloscopía durante años.

La mayoría de los protagonistas del asesinato del Che están muertos. Sus manos amputadas tuvieron un destino misterioso.Las habría llevado el ministro del Interior boliviano Arguedas— ex comunista, ex nacionalista, sospechado de agente de la CIA o de agente de Fidel— a Cuba, como llevó el diario del Che. Las habría llevado el agente cubano de la CIA, Rodríguez, a EE.UU.. Se habrían enterrado con sus restos — encontrados en Vallegrande por un equipo de científicos argentino-cubanos en 1997— en Santa Clara, Cuba, donde fueron y son honrados. Alguien deberá contar hasta el final, y con precisión oficial, está historia, sea Estados Unidos o sea Cuba.

En tanto, tal vez alguien recuerde el poema del gran Pablo Neruda: "le cortaron las manos y aún golpea con ellas."

viernes, octubre 28, 2005

Mi primer round en la querella de Ricardo Claro


Hoy tuve mi primer día de comparendo en el 19 Juzgado del Crimen de Santiago, donde el señor Ricardo Claro presentó una querella contra mí.

Era a las 9 am. Llegué a las 9.10. El tránsito a veces complica la vida. Pues bien. Hablé con la mujer que atiende el mesón quien me dijo que debía esperar a que la señora Mercedes, la actuaria a cargo del procedimiento, me llamara.

Insistí en que mi contraparte estaba dentro y por tanto me asistía el derecho de estar presente. Me miró con mala cara. Llamó. La señora Mercedes me salió a buscar. Una mujer de poco más de 50, con lentes de típica funcionarias judicial de antaño. Se portó bien conmigo. Fue respetuosa.

Pero ahí estaba el abogado de Claro, Eduardo Novoa, junto a otro profesional de su estudio. Me miraban. Los saludé amablemente. Querían hacer el comparendo de avenimiento sin que mi ex director, (del diario El Mostrador) el abogado Federico Joannon, estuviera notificado. Me opuse. Me miraron raro. Quizás no esperaban que un periodista se les opusiera.

Eduardo Novoa es hijo del otrora presidente del Consejo de Defensa del Estado (CDE), del mismo nombre, durante el gobierno de Allende y quien halló una de las fórmulas legales para nacionalizar el cobre. Sin ser irrespetuoso con la memoria de su padre, quizás hoy no podría creerlo.

Intenté saber cuáles eran las intenciones de Claro, es decir, si quería llegar a un acuerdo. Y Novoa, con una discreción que sólo un hombre de la vieja escuela podría usar, me dijo. “El no está un llano a llegar a un avenimiento”. En otras palabras sólo quiere condenarnos y luego seguir un procedimiento civil para que tengamos que pagarle algún dinero.

Es sencillamente insólito. Pero bueno. Claro está en su derecho legal. Quizás ético sería discutible. Pero esta pelea legal recién comienza.

El próximo round, lo tendré el miércoles 9 de noviembre. De ahí les cuento más.

martes, octubre 25, 2005

Ricardo Claro se querelló contra mí... Tengo un enemigo poderoso, qué duda cabe...


Es verdad, aunque parezca una "chunga". El dueño de Megavisión y de varias empresas más, decidió presentarme un libelo criminal ante la titular del 19 Juzgado del Crimen de Santiago, Carmen Garay.

Claro contrató a Eduardo Novoa como abogado y me acusa de cometer el delito de injurias y calumnias graves, luego de que el año pasado publiqué una nota donde se daba cuenta del informe preparado por una organización de derechos humanos.

En la nota no aparecía mencionado Ricardo Claro, sino que había un link para que los usuarios de mi ex medio - www.elmostrador.cl - pudieran bajarlo (download) y leer su contenido de más de 400 páginas.

Esta misma información apareció publicada en el portal http://prensanegra.blogspot.com, para que la lean.

Como creo en el Estado de derecho y esta es una causa de acción penal privada, que no tiene secreto del sumario, iré publicando todos y cada uno de los pasos que siga Claro en este proceso judicial.

Desde ya les scanearé la querella para que la lean y la distribuyan, como también para que sepan los pormenores de este "pleito" con el empresario o bien con sus abogados.

Don Ricardo, entonces, con el debido respeto, nos vemos en los tribunales.

Jorge Molina Sanhueza
Periodista
095401310
jorge.molina@terra.cl

lunes, octubre 24, 2005

El regreso... una mirada a la fotografía, al amor, el lenguaje y la biología


He buscado sacar del baúl de los recuerdos todos aquellos trozos de historia que compactan el idilio del tiempo. Allí me encontré con varios antecedentes que tenía archivados y con una capa de polvo que me hizo estornudar y sacar mi alergia al ácaro aquel.

Sólo estos besos con la memoria me llamaron a escribir de nuevo en este blog, medio de comunicación virtual y público que desata esta filosofía de formato digital.

Por eso busco teclear de nuevo, como una guedeja incestuosa de mi propia vida, sinopsis y elipsis de los verbos y versos que vendrán, de las historias que suceden ahora sin que me percate de su transitar.

Mis dedos me han llevado indefectiblemente a buscar este nuevo sentido, este sintagma cuyo orden determina también el caminar de mis células. Si el lenguaje se desordena, mi biología también. Así podríamos explicar también el cáncer o la locura, como un reordenamiento, una nueva relación entre el lenguaje y la bioquímica que los alienta.

Esta idea ya la dijo magistralmente Umberto Eco en el Péndulo de Foucault, y es quizás por esa misma razón que esperé para volver a mostrar mis entrañas en esta web. Prefería que el torrente sanguíneo y todas sus carreteras estuvieran sin atochamientos y que las cuatro ruedas de mi vehículo existencial estuviesen infladas y listas para seguir en busca del sol radiante o la luna creciente que alimenta, por ahora, las mañanas de mi vida.

I´ll be back...


* Fotografía tomada en mi último cumpleaños, donde obtuve el grado de los 35, por el fotógrafo José Luis Rissetti, quien aparece con su brazo izquierdo estirado tomándo la cámara. Los otros son el fotógrafo Maglio Pérez, hombre de humor incondicional al negro y Gisella, madre de mi amigo menor, Lucas Rissetti.

viernes, octubre 14, 2005

Lo prometo, vuelvo el lunes con una renovación en los contenidos del blog....



He estado un tanto aburrido. Lo admito. Así que este lunes será un blog activo nuevamente...

jueves, octubre 06, 2005

NOTABLE SITIO NUEVO (LINKEEN EL TITULO)





Acaba de llegarme por e mail este sitio que busca contar las copuchas internas de los medios. Está notable la primera historia relacionada con la cuarta y como la dirección de ese medio inhibió a sus periodistas para tener un blog sobre las cosas internas que allí sucedían. Léanlo. Su nombre es http://prensanegra.blogspot.com