JORGE MOLINA SANHUEZA

"Cuando la prensa es libre, ello puede ser bueno o malo; pero, evidentemente, sin libertad, la prensa sólo puede ser mala". Albert Camus.

domingo, noviembre 13, 2005

A la Caza de Viterbo - Capitulo I

INTRODUCCION

He tenido acceso a un escalafón lo suficientemente amplio de la comunidad de inteligencia chilena.

Principalmente a un grupo de agentes vinculados a las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura militar, debido a mi trabajo como periodista tanto en el diario La Epoca, El Mostrador.cl y La Nación cuando cubría las alternativas de casos judiciales como el homicidio de Tucapel Jiménez, La Caravana de la Muerte, el proceso contra Augusto Pinochet, la Operación Albania, la muerte del periodista José Carrasco, el caso Riggs, Prats, entre muchos otros.

También conocí a quienes trabajaron realizando labores de espionaje para Chile en los países vecinos durante las décadas 70, 80 y 90, por una investigación de cinco años que se convirtió en mi primer libro: Crimen Imperfecto[1], que relata la vida, escape y muerte del químico de la DINA Eugenio Berríos Sagredo, además de su eventual implicancia en la muerte del ex presidente Eduardo Frei Montalva.

Fue durante ese trabajo de consecución de información que me encontré con la historia sobre la “obtención” de documentos y planos del misil argentino Cóndor II por parte de la inteligencia chilena en la década de los 80.

Fueron siete horas de grabación con un informante privilegiado, ex agente de la Desaparecida Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), como también del Servicio Secreto de Exterior del Ejército (SSE) a quien hallé -casi por casualidad- antes que muriera de cáncer en su modesta casa de la comuna de Pudahuel en Santiago de Chile casi a finales del año 2000[2]. Además, dispuesto a hablar de cosas que sabía.

Sin duda un hombre acabado. Abandonado por su familia, despreciado por la única mujer que consideró importante, su primogénito; también olvidado por sus pares y negado por el Ejército cuyo honor juró defender, pagando en el día a día las atrocidades, los delitos y crímenes que cometió durante su carrera militar.

Las primeras palabras que pronunció cuando se me permitió traspasar el umbral de la puerta, más bien me parecieron un discurso para aplacar su culpa, su arrepentimiento, acrecentado por la cercanía de la muerte.

Una casa descuidada con olor a excrementos, a cuerpo en cama, a sábanas que impregnan su hedor mortuorio, fue el encuentro brutal en aquella vivienda cuyas dimensiones hablaban del país que los chilenos reniegan y quieren olvidar. Ese que remite a los últimos estertores de una dictadura que para las nuevas generaciones ya está en los libros como símbolo del error nacional.

La distancia entre el living y el dormitorio, eran sólo centímetros separados por una delgada placa de madera resquebrajada por el tiempo. En ella había manchas antiguas y una foto retocada al óleo de una pareja de fines de los años 40, que revela esos contornos faciales de un tipo de cuerpo que ya desapareció. Todo junto era el corolario de una mesa con restos de comida preparada el día anterior, platos sucios, en un sórdido ambiente con olor a desolación.

Sentí piedad por aquel sujeto. No lo niego. Pero no me abandonó la idea de que ojalá fuese juzgado, forma en la que quizá también, ese amasijo de carne y huesos tendidos en una cama vieja -cuya data hablaba de tiempos mejores-, obtendría paz en sus últimos días. Y quién sabe, Dios lo perdonase o lo dejase, por toda la eternidad, entre las almas que deambulan en el purgatorio. Ese mismo que delineó el escritor Dante Aligieri en la Divina Comedia, donde las caras deformadas por el horror son la tónica de un tiempo infinito.

“Estoy al borde de la muerte. Y lo sé. La mujer con la que vivía me dejó hace años cuando, en un arranque de sinceridad, antes de que comenzaran mis problemas judiciales, decidí contarle la verdad acerca de mis actividades. Ella no soportó estar con un asesino. De paso, mi único hijo me condenó a la soledad y desde aquel momento no recibo su visita. Sólo una prima lejana me cuida en estos últimos momentos. Y ahora, cuando los gestos humanos me desbordan, vienen a mi mente las cosas en las que participé. No fueron muchas, pero intensas, marcadoras. Los gritos de las sesiones de tortura volvieron ahora a mi cabeza después de años de tenerlos escondidos. La memoria del miedo a ser observado, las persecuciones, los chantajes y el mundo en el que viví. Si decidí hablar contigo no fue porque me caigas bien, sino porque ya no tengo nada que perder. Y además, porque creo que nunca nadie ha insistido tanto para que lo haga. Sin embargo mi más poderosa razón es que nadie me conoce”, inició su relato el informante.

Sus datos acerca de Eugenio Berríos Sagredo me sirvieron para saber más sobre la personalidad del químico y confirmó algunas informaciones que ya manejaba gracias a vitales documentos que me fueron allegados por diversas fuentes.

Sin embargo, lo más importante fue un listado de “agentes” que vivieron en el extranjero como “residentes”, que yo mismo elaboré a partir de procesos judiciales, sobre todo el tramitado por el ministro Sergio Muñoz Gajardo sobre el homicidio del líder sindical Tucapel Jiménez, a quienes tras varios intentos logré entrevistar, aunque sin grabadora.

Finalicé mi primer libro sin complicaciones entregando por primera vez los nombres de los agentes de la Unidad Especial de la Dirección de Inteligencia del Ejército (DINE) que sacaron al químico de la DINA desde Chile, cumpliendo órdenes superiores. Los otros que le asesinaron en Uruguay y que habían permanecido en el anonimato por 11 años bajo las narices de la justicia. Un logro, sin duda, entre tanta pasividad del gremio, pero seis cassettes con la historia nunca contada de un espía chileno y sus operaciones quedaron guardados –esta vez en formato CD- en una bóveda bancaria arrendada especialmente para evitar que pudiera desaparecer por cualquier motivo.

En un primer momento la historia me pareció descabellada. Poco conocía de las actividades de espionaje tanto chilenas como a nivel internacional. Sin embargo, cuando comencé a preguntar entre algunos de sus “colegas”, colegí que una verdad inmensa, un secreto de Estado, se guardaba en pocas bocas y que era necesario contarlo y publicarlo a cualquier costo.

En mayo de 2002 emprendí vuelo a Estados Unidos, llegando luego a New York. Desde la llamada Gran Manzana, decidí iniciar esta historia. Fueron 80 horas de conversaciones con fuentes de información en Chile y Argentina, el desarchivo de documentos sobre el proyecto Cóndor 2 en el Nacional Security Archive (NSA) con sede en Washington DC, como también con académicos, especialistas en operaciones de inteligencia y el gasto de varios pesos y dólares como evidencia de este nuevo texto cuyo título habla por sí solo. Luego, la indagatoria prosiguió en Chile, donde varios procesos me permitieron encontrar más gente, más información. Fueron también varios portazos, muchas llamadas y el constante trabajo de no dejarme influenciar –ni intimidar- por las advertencias de los informantes para que no siguiera investigando.

Sus “consejos” iban desde que este libro podría hacer mucho daño a operaciones que costó años armar en Argentina, como también a que no sabía en qué me estaba involucrando.

Por esta razón, en este texto, se halla la no-vida, la no-lógica, los no-lugares, la no-conciencia- la no-verdad (que es distinta a la mentira) y no encontrarán esa dosis de “mataharismo” literario donde los agentes logran sus objetivos casi mágicamente; son más bien acciones humanas marcadas por un aura de secreto, silencio, conspiración y el devoto respeto a la gélida reserva y al llamado interés superior.

Algunos agentes me permitieron entrar al living de sus casas. Conocí sus vidas privadas, sus mujeres, hijos y comprendí allí que muchos viven en varios mundos mentales y morales paralelos.

“Un triste recuerdo de que el mundo de la inteligencia es visto muy a menudo, como San Pablo veía el paraíso: a través de un cristal borroso”[3].

Resultó difícil tener que separar la vida de militar involucrado en las violaciones a los derechos humanos de mi informante, con las de espía. Ese funcionario público -o a veces no tan público- que por ley trabaja obteniendo las informaciones del enemigo, del adversario. Y que en este caso, por razones históricas, en Chile esos mundos se unieron. Sin duda fue un trabajo valórico complejo.

Este, mi segundo libro intenta reflejar ambas dimensiones que, aunque parecen distintas, en una época se mezclaron como el agua y la tierra en una masa incomprensible de odio y brutalidad.

Sin embargo, hay que dejar claro que, el hecho que estén unidas, es sólo una de esas cocteleras insolentes que la historia suele batir cada cierto tiempo.

Por último, el único deseo de mi informante fue que no mencionase su nombre real, petición a la que accedí. Por ello, no sólo el suyo, sino también otras identidades han sido “ligeramente” modificadas.

De allí que un lector avezado, sin mayores complicaciones, podrá dar fácilmente con la realidad, aunque este libro, en todo caso, parezca sólo una novela.

Jorge Molina Sanhueza
New York-Buenos Aires-Mendoza-Santiago

Capítulo Primero
El inicio del miedo

“Si yo hablo, la hierba del olvido no se posará sobre sus tumbas”.
Leopold Trepper, jefe de la red de espionaje soviético durante la Segunda Guerra Mundial en Europa, conocida como La Orquesta Roja.


Montevideo amaneció como siempre aquel abril de mediados de los 80. El sol radiante, la humedad que se incrusta en los poros y su ubicación geográfica pegada al Atlántico entre Argentina y Brasil, la convierten en un lugar perfecto para transar secretos.

No en vano la inteligencia chilena le llama la capital sudamericana del espionaje[4].

Manuel Grajales Goicoechea, un chileno cuya identificación lo acredita como residente hace 25 años en la capital sudamericana, sufría con este rigor ambiental, mientras buscaba un pasaporte con desesperación entre las ropas del closet.

Aquella mañana una llamada telefónica de “Leandro”, su agente de control, le avisó -con una frase sugerente- que había sido descubierto.

El visado, suponía, estaba a buen resguardo en el doble forro de su antiguo, pero fino traje que sólo usaba para ocasiones importantes. Aunque su foto era la misma, su identidad hablaba de Ricardo Jerez Matamala, electricista argentino. Sin embargo, el documento no estaba. Siguió con otras cosas del ropero. Abrigos, cajas de herramientas.

Era un hombre que vivía sólo. No tenía esposa. Sólo un hijo perdido de antaño con quien nunca había tenido contacto, luego que decidió no asumir la paternidad. A sus casi 40 años varias “ocasionales” de una noche han pasado por su cama, algunas de ellas pagadas en dólares por sus servicios.

Corrió entonces hacia la cocina a través de un pasillo de largas tablas color caoba, en cuyas paredes cuelgan paisajes históricos. Abrió una caja, dos, tres y cuatro. Nada. El pasaporte había desaparecido.

Regresó entonces hasta el closet y buscó una antigua caja de madera. Al abrirla halló su pistola 7.65 mm. que aceitó hace unas semanas cuando percibió un ligero movimiento sospechoso en los alrededores de su residencia. Sabía que la operación que realizó en Argentina algún día le traería problemas, porque el espionaje es un enemigo de paciencias largas.

El arma era el regalo que un amigo le dio en el café Queen Bess[5] de Buenos Aires -a mediados de los 70- cuando ambos lidiaban con el mismo negocio[6]. Desde aquel momento la guardó. Prefería evitar los controles policiales. “Como paisa siempre se anda mejor y más tranquilo”, solía decir. Pero esta vez era distinto.

Volvió a revisar la chaqueta. El doble forro estaba roto. El pasaporte había pasado a uno de los bolsillos. Su latir cambió de ritmo. Sabe que deberá abandonar el lugar que habita.

La sensación de hiperactividad mental no le permite estar tranquilo, más bien aliena sus pensamientos, altera su ordenada sinapsis. Sin duda un ataque a la racionalidad de quien siempre tiene el control de las situaciones, el manejo operativo del contexto.

Que le siguieran le tenía sin cuidado. Conocía de sobra las técnicas de contrachequeo o cómo tratar de pasar inadvertido entre la multitud, aprovechar ese espacio y desaparecer. Pero estaba solo.

“Manuel Grajales debe desaparecer de mi mente, para dar paso a Ricardo Jerez Matamala, electricista argentino”, repitió contadas veces aquella interminable mañana de humedad soporífera, en un incesante ejercicio de modificación de su autoimagen.

El ahora Ricardo Jerez salió en busca de su café de siempre - “El Brasilero”- ubicado en la calle Ituzaingó, a pocos metros de 25 de Mayo que le rememoraba –aunque guardando las proporciones- al tradicional Tortoni de Buenos Aires.

El lugar, uno de los tradicionales en Montevideo, tenía dos grandes ventanas a la calle por las que entra el sol en las mañanas y una puerta al centro, por lo que siempre se sabe quién ingresa. El mostrador, el piso, las sillas y los muros del local son de madera lustrada en las que se amontonan pequeños marcos con fotos y autógrafos de personajes ilustres que alguna vez lo visitaron.

Se sentó en la quinta mesa y puso sobre sus piernas el diario La República, como señal de auxilio convenida para casos urgentes. En ese lugar alguien debería reconocer sus señales.

Podía ser cualquiera de los comensales que a esa hora movían circularmente la borra de un café negro, tan apreciado por los uruguayos, por cierto, la especialidad de la casa.

Quince minutos más tarde, el ahora Ricardo Jerez Matamala tomó el diario, lo cerró e hizo el ademán para pedir la cuenta y metió la mano en uno de sus bolsillos. El mozo se acercó y le alcanzó el recibo que contenía la información de su próximo “punto”. El cliente allegó el dinero no sin cierta mirada exploratoria al cuerpo, cara y actitud de su receptor. Se puso de pie y fue al baño a leer el papel. Memorizó su contenido, lo echó al retrete y alcanzó la calle con la mano derecha en su chaquetilla color caqui de lino, que combinaba con sus zapatos café y se alejó respetando aquella peculiar trama del tiempo. La vestimenta reflejaba la imagen de un hombre entrando en la madurez, casual, emulando cierto bagaje; en todo caso un dundee.

Una hora más tarde, Ricardo Jerez debe ir al Banco de la República que ocupa una manzana entera en la Ciudad Vieja para saber qué hacer.

Sin embargo, el inicio de esta frenética carrera contra el tiempo había comenzado, sólo unas horas antes, en Santiago de Chile, en una minúscula oficina de avenida Once de Septiembre en la comuna de Providencia, donde los ocupantes eran una secretaria y dos escritorios.
[1] Jorge Molina Sanhueza. Crimen Imperfecto. Historia del Químico DINA Eugenio Berríos Sagredo y la muerte de Eduardo Frei Montalva. LOM Ediciones. Abril de 2002. Santiago, Chile.
[2] Estas viviendas les fueron otorgadas a algún personal civil de la CNI y algunos ex agentes de la DINE a fines de los años 80 y principios de los 90 por sus servicios prestados.
[3] Gordon Thomas. Mossad, su historia secreta. Ediciones B, Buenos Aires, Argentina. Segunda Edición, septiembre de 2001.
[4] Esta denominación me la entregó quien fuera jefe del Servicio Secreto Exterior del Ejército (SSE) durante casi once años, Maximiliano Ferrer Lima, condenado el 2002 en calidad de cómplice por el homicidio del líder sindical Tucapel Jiménez por el ministro en visita Sergio Muñoz Gajardo.
[5] En el café Queen Bess de Buenos Aires –ubicado en calle Santa Fé, entre Suipacha y Esmeralda- funcionó hasta fines de la década 70 uno de los más importantes correos del espionaje chileno en la capital argentina, creada por el otrora jefe de operaciones exteriores de la DINA, Eduardo Iturriaga Neumann y que también sirvió para informaciones de los grupos de izquierda del conosur y el atentado en contra del general Carlos Prats y su esposa ocurido en la misma ciudad en septiembre de 1974. Las transacciones se realizaban con el barman del lugar. El arma mencionada le fue entregada por Luis Alfredo Zarratini a un ex agente de la DINA, quien a su vez la traspasó a Ricardo Jerez, tiempo más tarde. Zarratini, un ex miembro del Grupo Nacionalista Tacuara, tenía vínculos con la SIDE, el Batallón 601, como también era el mejor cliente de la armería La Veneciana.
[6] Esta información obra en el proceso por la muerte del general Prats, instruida por la jueza argentina María Servini de Cubría. Para más detalles léase: www.elmostrador.cl: “Exclusivo: la red de espías de Iturriaga Neumann para el caso Prats. Margareth Valenzuela y Jorge Molina Sanhueza, 6 de julio de 2000. Santiago de Chile.

10 Comments:

At 10:01 p. m., Blogger Tontograve said...

cresta, le vez que me paseo por aqui, no se que commentar, quedo helado....
te estoy leyendo, paece que lo he dicho antes.

 
At 8:36 a. m., Blogger Gloria said...

Si es que a veces la vida es curiosa...yo vivo cerca de una ciudad que se llama Viterbo, está en Italia...tú de qué Viterbo hablas? :)
Saludos

 
At 10:21 a. m., Blogger Marcylor said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

 
At 4:00 p. m., Blogger Jessica said...

Me sigue pareciendo una muy buena iuntroducción. Espero que sigasn publicando en tu blog, pero fuerzas para publicar el libro creo que es justo y necesario

 
At 7:54 p. m., Blogger boris said...

Jorge
periodismo como el tuyo construyen la historia del pais, en especial la historia reciente donde hay mucho "olvido"
te felicito y espero leer el libro
boris

 
At 9:29 p. m., Blogger Perplejo said...

La verdad, no leo este tipo de textos, porque soy conciente que uno es lo que lee (entre otras cosas), y porque los textos periodísticos suelen contener muchos lugares comunes y una redacción vanidosa cuando se realiza en primera persona. No me refiero al juego absurdo de objetividad/subjetividad, sino a la sencillez y sobre todo a la austeridad.

Yo estoy seguro que al desarrollar este tema se puede "hacer un aporte histórico a la memoria del país", aunque también estoy conciente que pocas personas se preocupan de saber de estos asuntos tan macabros.

Por eso tu afán me parece noble.

 
At 2:13 a. m., Blogger Perplejo said...

(Réplica)

Al decir que uno es lo que lee, no pretendí jugar a las escondidas; sí quise insinuar el poder que la lectura tiene sobre los estados del ánimo y la cosmovisión del momento.

Ya desde mi doctrina propia (es decir, antes de saber) asumo las pestilencias que tu describes informadamente en tu texto, y por eso me cuido de no odiar más de la cuenta.

 
At 5:10 p. m., Anonymous Anónimo said...

Qué pasa?

 
At 3:32 p. m., Blogger Nadiezhda said...

Uff, creo que necesito un ravotril, me da miedo sentir compasión por un tipo como ese, sabiendo que uno como él se encargo de llenar de balas el cuerpo de mi papá.
No sé, no sé si seguir leyendo tu relato, me causa cierto morbo tal vez, pero no quiero saber más de lo que ya sé, aunque no puedo evitar esperar leer más.

Bueno, sólo por el hecho ser humana, soy contradictoria.
Pero ese personaje me causa asco y pena.

 
At 7:11 p. m., Blogger Atcharya said...

Que laaaaaaargo, empero, interesante!.

Tan sólo pasaba a saludar y a invitarte a mi ciberhogar... ¿podrías dejarme tu opinión, en relación al Che Guevara?

Es que necesito . REFUERZOS .

Un abrazo

 

Publicar un comentario

<< Home